Bateyes, la frontera del conflicto

Foto: Herminio Rodríguez
Foto: Herminio Rodríguez

Por: Vanesa Baerga

Publicado en Radio Ambulante.

Hace ya casi un año publicamos el episodio La sentencia, producido por nuestro productor Luis Trelles. Este episodio cuenta la historia de Juliana, una mujer nacida en el batey Los Jovillos, en el municipio de Yamasá, no muy lejos de Santo Domingo. Juliana Deguis Pierre, su nombre completo, se convirtió en la imagen mediática de la lucha de la comunidad dominicana descendiente de haitianos y de la comunidad haitiana que reside en la República Dominicana.

El batey Los Jovillos es unos de los muchísimos bateyes que hay por la República Dominicana, especialmente cerca de la frontera con Haití y en los campos del país. Los bateyes se formaban alrededor de los ingenios de caña y su función era que los trabajadores de la caña o braceros, principalmente haitianos, vivieran allí durante la época de la zafra, cuando se cosecha la caña de azúcar. Allí pasaban largas horas trabajando bajo el sol ardiente del Caribe por un mísero sueldo y en condiciones de extrema pobreza.

Los braceros fueron contratados y llevados de Haití hacia la República Dominicana por empresas dominicanas a partir de 1918 para trabajar en la caña de azúcar. “Se contrató mano de obra barata, que era la de los haitianos… y tuvo continuidad hasta los años 80,” comenta el sociólogo dominicano Franc Báez Evertsz en el documental El desafío de la convivencia. La mayoría de esta mano de obra, aunque contratados y llevados por un ingenio azucarero dominicano, estaban en el país sin los documentos legales para estar en el país, o lo que llaman “de forma irregular”.

Muchos de estos ingenios decayeron con el tiempo y ya no están funcionando. “Se fueron los administradores y esa gente se quedó ahí, como en un limbo. Pero esto fue gente que trajo el gobierno dominicano y las empresas dominicanas de caña. Ellos no vinieron voluntariamente. Los trajeron, los contrataron y después, se quedaron ahí viviendo. Pero ya se acabó el comercio tan grande del azúcar y la gente se quedó ahí, desprotegida y sin derechos,” explica Magali Millán, la coordinadora del Comité de Solidaridad con el Pueblo de Haití.

Y es que los braceros que se asentaron en los bateyes hicieron de éstos su comunidad y fue aquí donde tuvieron sus hijos, y sus hijos tuvieron hijos. Y así, el ciclo de la vida no se ha detenido. Muchos de los dominicanos de ascendencia haitiana, como es el caso de Juliana, no tienen vínculos con Haití, no conocen a nadie allí, no hablan creole. Viven en sus bateyes en extrema pobreza.

“La comunidad bateyana no son sólo haitianos o dominico-haitianos, sino también residen dominicanos pobres. La gente convive, comparte la pobreza de lo que es vivir en un batey. Algunos bateyes no tienen energía eléctrica, o si la tienen es muy escasa, por algunas horas. Muchos no tienen agua potable y tienen que cargar el agua desde algunas plumas (fuentes de agua) comunales… Allí ves mucha pobreza, mucha dignidad, mucha solidaridad. También percibes mucho miedo, mucho miedo de que vengan a hacerles daño o de que se los puedan llevar hacia Haití. El miedo es algo que se percibe en el ambiente,” describe Hilda Guerrero del Comité Pro-Defensa de la Niñez Dominico-Haitiana sobre su experiencia en varios bateyes del País, especialmente en Barahona, cerca de la frontera.

Para escuchar la historia de Juliana Deguis Pierre haga click aquí.

Texto escrito por: Vanesa Baerga (@vbaerga) – Originalmente publicado en Radio Ambulante.

Todas las fotos que acompañan este escrito son de: Herminio Rodríguez

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